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"Tiempos recios", Vargas Llosa o la pasión por interrogar a la historia

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Ocurrió en la Casa América de Madrid durante la presentación del más reciente libro de ficción de Vargas Llosa, Tiempos Recios (Alfaguara, 2019). Al iniciarse la sesión de preguntas y respuestas, una periodista de El Heraldo de México le preguntó al escritor si algún hecho de la historia de ese país lo motivaría a escribir una novela. “México no necesita importar novelistas”, dijo el autor de Conversación en la catedral tras citar los nombres de Juan Rulfo, Carlos Fuentes y Rosario Castellanos: “Los tiene de sobra”. Tal vez la pregunta resultara un tanto frívola, como cuando a una estrella de la música pop le piden que envíe un saludo a sus fanes de New York o Los Ángeles. Y si bien es cierto que en los últimos años el Nobel peruano se ha convertido en toda una celebridad, la curiosidad de la periodista se justificaba por razones estrictamente literarias: ningún otro escritor latinoamericano ha impugnado más esa superstición nacionalista que supone que la realidad política de un país solo debe ser explorada por los autores “del patio”. Para fortuna de los lectores de Vargas Llosa, a sus exitosas incursiones en la historia brasileña (La guerra del fin del mundo) y la dominicana (La fiesta del chivo), ahora se suma la versión novelada de uno de los acontecimientos políticos más importantes de la historia de Guatemala: la conspiración y el levantamiento militar que en 1954 diera al traste con el Gobierno de Jacobo Árbenz.

Entre los años 1945 y 1954 el presidente Juan José Arévalo y su sucesor, Jacobo Árbenz, idearon un programa de gobierno que tuvo como objetivo transformar a Guatemala en una democracia moderna. Durante ese período se aprobó una ley de trabajo que permitía la creación de sindicatos, la garantía de prestaciones sociales a empleados y una ley antimonopólica semejante a la que existía en Estados Unidos. De haberse implementado correctamente, la United Fruit Company, conocida en Centroamérica como “el Pulpo” o “la Frutera”, hubiera sido la empresa más afectada por el cambio de política. Esto no ocurrió gracias a un genio de la publicidad, Edward L. Bernays, el autodefinido “Padre de las Relaciones Públicas” en Estados Unidos. Contratado por la compañía, Bernays concibió un plan maestro (toda una campaña de fake news) del que pronto se hicieron eco los principales medios de prensa de Estados Unidos: Arévalo pretendía convertir a Guatemala en un satélite soviético –el primero en el Nuevo Mundo– y Washington debía actuar rápido y enérgicamente.

Lo anterior lo cuenta Vargas Llosa al inicio de la novela, en un prólogo que recuerda a esos rótulos que, al inicio de algunas películas, sitúan al espectador en el contexto histórico de su trama. Esta concesión a la brevedad y el didactismo no es lo único que llama la atención de Tiempos recios. Al adentrarnos en sus páginas lo primero que echamos de menos es el brío característico de la prosa vargallosiana, esos diálogos contundentes, perfectos, que constituyen uno de los signos distintivos de su obra. Además, el uso de formulas narrativas empleadas en otras novelas suyas –esto ocurre en los primeros capítulos, cuando el autor presenta a los personajes principales–, nos transmiten la sensación de que estamos frente a un texto ya leído. Sin embargo, a medida que avanza la historia la novela adquiere un dinamismo cercano al de las series de televisión actuales. Como un deportista que necesita entrar en calor para alcanzar su forma estelar, el autor logra encarrilar la historia y nos demuestra que en la escritura de una novela, como en un maratón, los tropiezos no determinan su resultado.

Lo que se narra a continuación, con visos de thriller político, serán las circunstancias en que Árbenz ascendió a la presidencia; los pormenores de la invasión que hizo posible su derrocamiento –liderada por el coronel Carlos Castillo Armas y financiada por la Administración de Eisenhower, con el apoyo de los regímenes de Somoza y Trujillo– y el posterior magnicidio del coronel golpista a los tres años de su llegada al poder. Sobre el asesinato de Castillo Armas se ha especulado mucho y la identidad de los homicidas continúa siendo un enigma hasta nuestros días. De hecho, el descubrimiento de una hipótesis que señala al dictador dominicano como el autor intelectual del crimen –supuestamente Trujillo se sintió traicionado por Castillo Armas, quien incumplió la promesa de condecorarlo con la Orden del Quetzal–, fue lo que despertó el interés literario de Vargas Llosa por the Guatemalan Affair. La destacada presencia que el Generalísimo y Johnny Abbes García tienen en Tiempos recios –sobre todo Abbes García, el temible jefe del Servicio de Inteligencia Militar trujillista– ha contribuido a que muchos se refieran a la novela como una secuela de La fiesta del chivo.

Al enterarme de que el escritor peruano publicaría un libro basado en la historia de Guatemala, también me sentí tentado por la pregunta que le hiciera la periodista de El Heraldo, aunque con una pequeña variación: ¿Qué tema inspiraría a Vargas Llosa a escribir una novela sobre Cuba? Por eso me sorprendió gratamente que el autor dedicara las dos últimas páginas de Tiempos recios a analizar la repercusión que el derrocamiento de Árbenz tuvo en el destino político de la isla, en el arribo de Castro al poder y su radicalización. Esto último no hubiera ocurrido, escribe Vargas Llosa, si Estados Unidos hubiese apoyado el proceso de modernización en Guatemala, con lo cual se habría evitado la injerencia del mismo enemigo que la Administración Eisenhower decía combatir en el país centroamericano: la Unión Soviética. En Conversación en la catedral Vargas Llosa le dio respuesta a una pregunta ya memorable: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”. En Tiempos recios, aunque implícita, la pregunta no puede ser más evidente: ¿En qué momento se había jodido Cuba? O sea, América Latina.

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