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“No desearás”, Hamlet en Puerto Vallarta

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Octavio Paz afirmaba que para los europeos México era un país al margen de la Historia Universal. Tal vez por esa razón, en la primera mitad del siglo pasado, muchos escritores del viejo continente buscaron en la geografía y la cultura del “exótico” país una respuesta al vacío existencial en que quedaron sumidas sus vidas tras la barbarie de dos guerras mundiales. Entre las literaturas europeas, una de las que más se enriqueció con esa experiencia mexicana fue la inglesa, sobre todo su narrativa. Los alucinantes protagonistas de la obra cumbre de Malcolm Lowry, Bajo el volcán, y de Graham Green, El poder y la gloria, encarnaron las angustias de una época en que el alcohol, como un sacramento maldito, parecía ser la única redención posible a tanto horror. Las versiones cinematográficas de esas tragedias modernas, con el Popocatépetl y la naturaleza tabasqueña de fondo, les correspondieron a John Huston y William K. Howard, respectivamente. Houston también llevó al cine La noche de la iguana, basada en la obra homónima Tennessee Williams, quien también concibió al protagonista de su obra en la tradición dipsómana y autodestructiva de los personajes de Lowry y Green. La noche de la iguana, protagonizada por Richard Burton, Ava Gardner y Deborah Kerr, se filmó en Puerto Vallarta en 1963, rodaje que ha pasado a la historia como uno de los más escandalosos de Hollywood. En No desearás (Alfaguara, 2012), el autor mexicano David Martín del Campo nos ofrece su versión novelada de lo que fue esa mítica producción y rinde homenaje a esos escritores ingleses y norteamericanos a los que México sedujo como un espejismo en el desierto.

La novela de Martín del Campo se compone de dos partes que difieren principalmente en su tono narrativo. La primera de ellas, titulada Iguanas de la noche, constituye un pastiche literario a través del cual se recrean los hechos –orgías, riñas, cacerías– vividos por las estrellas de la película de Houston durante los meses que residieron en lo que entonces era un remoto pueblito de pescadores de la costa del Pacífico mexicano. Las biografías de Ava –“Daba Carne”, como la llamaban sus peones en Puerto Vallarta–, las de Liz Taylor, Burton y Houston, citadas al final de la novela, son las fuentes primarias sobre las que se reconstruyen unos sucesos que, desde la visión posmoderna de autor, adquieren un nuevo sentido. El detalle más novedoso en la concepción de la primera parte, y que acentúa su carácter de pastiche, radica en que Martín del Campo le atribuye su autoría a un misterioso escritor, a un novelista ficticio –el norteamericano Peter Cobb– personaje inspirado a todas luces en Malcom Lowry. O sea, esta primera sección –emparentada con las imposturas literarias de Bolaño y Vila-Matas– puede ser leída como una obra autónoma dentro del resto del libro: una novela dentro de otra, como las matrioskas rusas.

En el texto del heterónimo creado por Martín del Campo también se establece un juego intertextual muy sugerente con la trama de la película, la cual cuenta la historia de un reverendo anglicano caído en desgracia, T. Lawrence Shannon, quien después de sucumbir a los encantos de una joven maestra en la congregación que dirige en Virginia, y a los del whisky, decide marcharse a México e iniciar una nueva vida como guía turístico. Allí conocerá a una bella adolescente que tratará de seducirlo, interpretada por Sue Lyon, la misma actriz que un año antes encarnara a Lolita en el filme de Kubrick. La sensual dueña de un hotel, Ava Gardner, y su casta inquilina, Deborah Kerr, son las otras dos mujeres que volverán a desatar los demonios sexuales del reprimido Shannon. El retrato que Martín del Campo ofrece de Burton –alcoholizado, vulnerable y al borde siempre de una situación límite– hace que su personaje y el de Shannon parezcan fundirse por momentos en uno solo. Y es que el actor galés, por aquel entonces, estaba librando una batalla contra sus propios demonios sexuales. “Yo soy la marioneta preferida de William Shakespeare”, le confesará Burton, memorable intérprete de Hamlet, a la cocinera de la casa que compartía con Liz Taylor en Puerto Vallarta. “Soy su títere para demostrar que este mundo no es más que decadencia y corrupción”. Un año atrás el Vaticano había condenado su romance con la Taylor, “el adulterio más famoso del mundo”, como lo llegó a calificar la prensa sensacionalista de la época.

La segunda parte de la novela está escrita en clave policíaca y lleva por título La Escalera de Jacob. En ella se nos revela que el escritor Peter Cobb, seis años después de publicar su novela, en 1979, regresa a Puerto Vallarta para escribir una segunda parte que jamás concluirá pues desaparece misteriosamente. Tras su rastro llega al popular balneario Fara Barrueco, una periodista cultural del diario unomásuno encargada de escribir un reportaje sobre el extraño suceso. Muy pronto descubrimos que Fara y Cobb, como Liz y Burton, fueron amantes adúlteros. La pesquisa de la periodista se convertirá entonces en una tortuosa exploración de su sexualidad reprimida, del origen de una singular novela y el solitario acto de escribir. No por gusto Martín del Campo escoge para su libro un subtítulo tan desolador: Novelas de ebriedad, fornicación y olvido.

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