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“Leer la mente”, y defender la literatura.

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¿Para qué sirve la literatura? ¿Qué importancia tienen las ficciones y los mundos alternativos que ésta crea? Muchos escritores consagrados suelen enmudecer ante estas preguntas; otros, tal vez con el ánimo de encender la polémica, ofrecen unas respuestas tan desconcertantes como la que el gran Saramago le diera a un periodista español hace poco más de una década: “La literatura no sirve para nada”. Jorge Volpi, el joven escritor mexicano que en el año 1999 saltará a la fama con su novela En busca de Klingsor, acaba de publicar un breve ensayo con la intención de refutar a esos colegas suyos que a menudo se ensañan contra su oficio y le niegan cualquier virtud. El libro lleva por título Leer la mente (Alfaguara, 2011), y la novedad del mismo radica en que su autor, para justificar su labor reivindicadora, se adentra en el insondable mundo de la neurociencia y los estudios dedicados a analizar la relación entre los mecanismos cognitivos del cerebro y la creación literaria. Menuda tarea.

El ensayo de Volpi consta de un prólogo, cinco capítulos, un epílogo y una breve relación biográfica de las obras que lo inspiran. La mayoría de estos estudios nunca han sido traducidos al español, por lo que Leer la mente constituye uno de los primeros acercamientos en nuestra lengua a autores científicos tan destacados como Douglas Hofstadter y Daniel Dennett, entre otros. El primero, a quien Volpi clasifica como uno de sus héroes intelectuales, es el autor de Gödel, Escher, Bach: un Eterno y Grácil Bucle (1979), libro que le valiera el Premio Pulitzer y en el cual se ampara el escritor mexicano para explicar de qué manera la conciencia surge de la materia inanimada –el cerebro humano– y en sus estadios superiores es capaz de producir portentos de la imaginación como El Quijote, La metamorfosis o Cien años de soledad. Hofstadter, junto a Dennett, es uno de los máximos exponentes de lo que podríamos catalogar como la teoría darwiniana de la ficción, argumento principal sobre el que Volpi basa su defensa de la literatura. La teoría en cuestión afirma que la capacidad humana para crear ficción, ese enrevesado proceso en el que intervienen legiones de neuronas, no es muy diferente a las demás habilidades adquiridas por el homo sapiens en su proceso evolutivo. Y de la misma forma que muchas de esas destrezas han resultado esenciales para garantizar la supervivencia de la especie humana – el poder discernir, por ejemplo, las propiedades nutritivas de ciertos alimentos– los cuentos, las novelas y las obras de teatro han resultado determinantes en la configuración de los valores éticos de nuestra civilización y su perpetuación. Como apunta Volpi, el relato de un hombre prehistórico sobre la caza de un mamut –en su lenguaje cavernícola– preludiaba ya la existencia de un éxito de Blockbuster o un best-seller.

A medio camino entre el libro de divulgación científica y los estudios culturales, en ningún momento el autor de Leer la mente deja de tener presente que la información que maneja en su libro puede resultar carga pesada para el lector lego; de ahí que Volpi, con el propósito de aligerar su contenido, recurra a hechos, citas y personajes de la cultura popular para explicar complejos procesos neuronales como la empatía que llegan a sentir los autores con sus personajes –la misma que hacía exclamar a Flaubert, “Madame Bovary c’est moi” – o los mecanismos a través de los cuales los recuerdos personales se convierten en materia de ficción, tema que queda explicado en el capítulo que lleva por título La memoria de Leonardo DiCaprio y el olvido de Jim Carrey. En estos pasajes, matizados con observaciones irónicas y jocosas, se echa de menos el talento humorístico del que el autor hiciera gala en su novela El fin de la locura, una hilarante parodia del Mayo francés y los pensadores que inspiraron a ese movimiento estudiantil.

Con estos antecedentes que sitúan a cierta zona de la obra de Volpi en la posmodernidad literaria, a más de un lector le resultará sorprendente el talante humanista de este ensayo. Lo cierto es que su autor hará suya la noción renacentista para la cual las ciencias y las artes formaban parte de un concepto integral de cultura, de conocimiento, algo que la academia contemporánea, en su afán de especialización, ha erradicado completamente. Además, en tiempos en que las nuevas tecnologías añaden más incertidumbres que certezas al futuro de las ficciones literarias, el ensayo de Volpi ayudará a mitigar un tanto el escepticismo de muchos, mientras que a otros les confirmará lo que alguna vez escribiera el escritor argentino Adolfo Bioy Casares: “La eternidad es una de las raras virtudes de la literatura”.

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