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"La Habana sentimental": el debut de una novelista excepcional.

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Resulta lógico que la escritura de una primera novela se asuma con excesiva prevención. La inexperiencia y el miedo al fracaso –ahí está la historia de la literatura con su cruel anecdotario de rechazos e incomprensiones– hacen que muchos debutantes se conformen con una perfecta medianía. Otros, los menos –Mccullers (El corazón es un cazador solitario); Vargas Llosa (La ciudad y los perros); Arenas (Celestino antes del alba)–, acometen su escritura con una voluntad de riesgo y una tenacidad desconcertantes. Con ese mismo brío, con ese fuste, está escrita La Habana sentimental (Bokeh, 2018), obra con que la escritora cubana Rosie Inguanzo se estrena como novelista. Doctorada en Literatura Iberoamericana, poeta y actriz, la novela de Inguanzo está contada desde una zona limítrofe entre el ensayo y la poesía, entre el performance, la crítica de arte y la teoría de género.

Fue Flaubert quien acuñó para la posteridad el termino “educación sentimental”. Su novela homónima, ambientada en el convulso París de mediados del siglo XIX, relata el proceso formativo de un joven cuya existencia está abocada a la desilusión. Salvando las diferencias de tiempo y estilo, Inguanzo parece inspirarse en ese referente flaubertiano para contarnos la historia de una mujer que desde su exilio en Miami evoca sus años de aprendizaje en La Habana de los años setenta y ochenta. El itinerario de sus remembranzas comienza con la evocación de su genealogía materna y el relato del romance de sus padres –un empleado de la revista Bohemia y una joven villaclareña que abandona su pueblo atraída por los cantos de sirena de la capital. Después vendrán capítulos y pasajes dedicados a la infancia y adolescencia de la protagonista, al descubrimiento de la sexualidad y la vocación artística, los primeros encontronazos con el estado totalitario, el éxodo del Mariel, la tragedia del hermano que muere ahogado en el estrecho de la Florida y la alusión constante a la hermana mayor –la “torturada torturadora”–, epítome del carácter disfuncional de la familia.

Mención aparte merece lo que podríamos llamar la dimensión clínica de la innominada protagonista. Nacida con escoliosis, su percepción del mundo –“siempre llevo un corsé de yeso en mi mente”– estará asociada indefectiblemente a su condición médica. Este hecho da pie para que la autora construya uno de los aspectos más novedosos de su novela: el rol “performativo” del cuerpo femenino (los tratamientos terapéuticos que recibe la joven son verdaderas puestas en escena) y su función simbólica dentro de la historia. Y es que más importante que lo que se cuenta en La Habana sentimental, lo verdaderamente singular es cómo se cuenta. Novela poliédrica, donde se hace un uso admirable de la heteroglosia, en ésta encontraremos desde el monólogo interior hasta una voz narrativa tan elusiva como la segunda persona; desde el discurso poético hasta el formato del guión cinematográfico. No cabe duda de que Inguanzo construye su historia sobre la base de una poética de la dispersión, de la indeterminación, por lo que a los lectores más exigentes les corresponderá hallar un significado allí donde la autora solo ha dejado pistas. Concebida como una arrolladora catarsis, una de esas pistas nos conducirá a la siempre compleja relación autor-narrador. Estamos frente a un caso de lo que el crítico español José María Pozuelo define como “figuración del yo”, modalidad narrativa donde la experiencia vital del autor se mistifica, se desnaturaliza, y terminan vulnerándose las fronteras entre referencialidad biográfica y ficción.

Otro aspecto novedoso de la novela es su innegable vínculo con la estética neobarroca. La Habana sentimental es, sobre todas las cosas, una formidable construcción verbal donde se trasluce la influencia de autores como Cabrera Infante, Severo Sarduy y Lezama Lima. Esa filiación queda expresada en pasajes más cercanos a esa variante extrema del barroco que es el camp –“El padre […] cría un gallito chino que es un primor y que parece un perro poodle bien acicalado” –, o en la fascinación que la protagonista siente por esos seres “tarados” que nos miran con dolor desde las fotografías de Diane Arbus. Sin embargo, si bien la novela se regodea en la exaltación del artificio y la teatralidad –ese rasgo “prefabricado” que Maravall atribuía al Barroco–, la originalidad desbordante de su prosa hace que el lector olvide su “literariedad” y la disfrute con el mismo placer que leemos unas memorias al uso. Avezada discípula de Lezama, Inguanzo premiará al lector con algunas páginas memorables, pero nada como el hermoso monólogo que la protagonista le dedica a su madre –o lo que es igual, a su ciudad natal–, una elegía que por sí sola justifica la lectura de la novela.

La Habana sentimental se sitúa en una zona exclusiva de la narrativa actual ligada al arte contemporáneo y sus posibilidades de cara al futuro (el crítico Shaj Mathew lo ha llamado “el momento duchampiano de la literatura”). Con oficio y mucha audacia, con inteligencia e ingenio, Inguanzo ha escrito una de las primeras novelas ready–made de la literatura cubana del exilio. Un motivo más, entre muchos, para celebrar el debut de una novelista excepcional. ¡Enhorabuena!

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