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Foster Wallace y sus fantasmas

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El 12 de septiembre de 2008, a la edad de 46 años, el narrador norteamericano David Foster Wallace ponía fin a su vida. La noticia de su muerte conmocionó al mundo literario del país y, como ocurre casi siempre en estos casos, contribuyó a que hasta sus más encarnizados críticos le prodigaran los más efusivos elogios. Hoy en día su figura va camino a transformarse en una leyenda literaria al estilo de Jack Kerouac, William S. Burroughs o Hunter S. Thompson. Leer a Wallace se ha convertido en algo cool y hay quienes lo han catalogado como el Kurt Cobain de las letras estadounidenses. No dudo que en la actualidad alguna de sus más conocidas fotografías –en las que aparece ataviado con su eterna bandana, su botas Timberland de trabajo y sus camisas de cuadros– decore la habitación de alguna chica hipster. Pero, ¿quién fue este escritor que irrumpió en el panorama de la narrativa estadounidense decidido a erigirse en su nuevo rey, o shériff?

Para responder esta pregunta el periodista de la revista The New Yorker, D.T. Max, entrevistó a editores, críticos, amantes, colegas, profesores, amigos y familiares del autor. El resultado: una exhaustiva biografía de Wallace titulada Todas las historias de amor son historias de fantasmas (Debate, 2013). El título fue extraído de una carta que el novelista le escribiera al escritor Richard Elman, un excompañero de Wallace en el programa de creación literaria de la Universidad de Arizona, y es típica del escepticismo con que el autor valoraba su obra cuando se hallaba inmerso en una de sus crisis nerviosas. Hijo de padres académicos –un filósofo y una filóloga– de pequeño su madre le inculcó la visión lúdica del lenguaje que después caracterizaría a toda su obra: “Si no existía una palabra para nombrar algo, Sally Wallace la inventaba: greebles era el nombre que daba a las pelusillas pequeñas, especialmente las que se meten en la cama adheridas a los pies al acostarse; llamaba twanger a las cosas cuyo nombre desconocía o no podía recordar”.

Sin embargo, durante mucho tiempo Wallace pensó seguir los pasos de su padre –siendo adolescente éste le hizo leer el Fedón– y su primera elección a los veintidós años fue estudiar filosofía lógica en Amherst College. No fue hasta que tuvo uno de sus primeros choques con “la Cosa Mala” –así llamaba Wallace a la depresión y sus recurrentes crisis psiquiátricas– que el chico encontró en la literatura el asidero vital que no hallaba en la filosofía. La lectura de dos obras emblemáticas de la narrativa posmoderna norteamericana, El globo, un cuento de Barthelme, y La subasta del lote 49, la novela de Pynchon, desencadenarían en él una vocación obsesiva por la escritura que al final le costaría la vida. Tras varias ausencias motivadas por su condición médica, Wallace se pudo graduar finalmente en Amherst con una doble Licenciatura en Filosofía e Inglés. Su tesis en la segunda especialidad fue un trabajo de ficción que dos años después publicaría bajo el título de La escoba del sistema, su primera novela. En cuarenta años ningún estudiante había logrado graduarse en Amherst con un doble cum laude. Casi todos los que trataron a Wallace durante ese tiempo coincidieron en una cosa: era la persona más inteligente que jamás hubieran conocido.

El resto de la biografía de Max da cuenta de la relación del autor con la depresión y las adicciones; de su búsqueda por encontrar la estabilidad laboral y sentimental que su propia condición le impedía conseguir; de su fan por escribir la gran obra que retratara a la sociedad estadounidense de su generación –atrapada en el consumismo y la adicción a la televisión (que el propio Wallace padecía)–, y por romper con los modelos literarios que le precedieron: el minimalismo narrativo de Raymond Carver y John Cheever, estimulado hasta la saciedad en los programas de literatura creativa de las universidades, y “el trapicheo calculado de los posmodernos” que tanto lo entusiasmó en un principio. Todas estas experiencias vitales y formativas las experimentó Wallace a través de un angustioso nomadismo que en poco más de veinte años los llevó a residir en clínicas de rehabilitación –entre ellas la célebre McLean, en Cambridge, donde estuvieron recluidos Sylvia Plath y Robert Lowell–, en universidades –Harvard, Arizona, Illinois, Pomona College–, en el hogar paterno en Urbana, Illionois, o en la famosa Yaddo, la colonia de artistas ubicada en el estado de Nueva York. .

En 1996 se publicaría La broma infinita, considerada por muchos críticos como el magnum opus del autor, una novela de más de mil páginas que consagraría a Wallace como el escritor más importante de su generación. Poco tiempo después se embarcaría en la agónica escritura de su tercera y última obra, El rey pálido, pero esta vez “la Cosa Mala” terminaría venciéndolo. A pesar de quedar inconclusa la novela se publicó póstumamente en 2011 y le valió a Wallace una nominación al premio Pulitzer de ese año. Sus historias valieron la pena.

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