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“Escritores delincuentes”, y sus benditas condenas.

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La sede principal de una institución financiera de Sevilla –la Caja San Fernando, para ser más exactos–, ostenta en su fachada una placa de mármol donde se lee: “En el recinto de esta casa, antes Cárcel Real, estuvo preso (1597-1602) Miguel de Cervantes Saavedra; y aquí se engendró, para asombro y delicia del mundo, el Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha”. Pero, ¿fue el padre de la lengua española, autor de la primera novela moderna de la historia, un delincuente? No son pocos los investigadores literarios que se han dado a la tarea de demostrar la inocencia de Cervantes, a quien en su calidad de recaudador de impuestos, en tiempos de Felipe II, se le acusó de estafar a la Hacienda Real. De ser auténtico su delito, la rehabilitación carcelaria del autor merece engrosar la lista de las más notables de la historia. De las más notables, no de las más inverosímiles. En su ensayo Escritores delincuentes (Alfaguara, 2011), el escritor español José Ovejero nos ofrece una serie de semblanzas de escritores que, en distintas épocas y latitudes, han sufrido prisión por causas tan graves como parricidio, desfalco, robo de identidad y agresión sexual. Sobre su libro gravita la influencia de Borges y su memorable Historia Universal de la Infamia.

El libro de Ovejero está escrito de forma ágil y amena, al estilo de una crónica periodística que busca captar la atención del lector con un título que a muchos les parecerá un oxímoron: ¿Escritores delincuentes? ¿Por qué otra razón, más allá del carácter subversivo de sus escritos, se encarcela a los escritores en el mundo? El autor se apresura, desde las primeras páginas del libro, a hacer la distinción entre el escritor encarcelado por razones políticas y los pillos con vocación literaria: “Un escritor delincuente será aquel que ha cometido delitos tipificados en el código penal, sin intencionalidad política declarada, y que ha pasado por ello un tiempo prolongado en la cárcel, siempre que el delito o sus consecuencias, también las penales, hayan tenido una influencia considerable en la vida o en la obra del escritor”. No obstante, Ovejero dedica pasajes y capítulos completos a escritores delincuentes a los que la izquierda más exquisita convirtió en símbolo de rebeldía contra el orden burgués. Tal es el caso del norteamericano Jack Henry Abbott, homicida y autor de un epistolario titulado En el vientre de la bestia (1981), quien logró obtener la libertad condicional gracias a una campaña promovida por el destinatario de sus cartas, el novelista Norman Mailer. En la misma categoría de Abbott no podía faltar el autor francés Jean Jenet, autor de Diario del ladrón (1949), a quien Sartre dedicara su libro San Genet, comediante y mártir (1952).

Por el libro de Ovejero desfilarán figuras literarias tan célebres como el cuentista norteamericano O. Henry, condenado a cinco años de cárcel por robar en el banco donde trabajaba; François Villon, quien además de poeta y ladrón, fue clérigo; los escritores de la “Beat Generation” –William Burroughs, Neil Cassady y Gregory Corso– cuyos excesos llevaron al primero, imitando a Guillermo Tell, a matar de un tiro en la cabeza su segunda esposa. Cuenta un testigo que Burroughs, al final de su vida, confesó su crimen en los siguientes términos: “Matar a la zorra y escribir un libro, eso es lo que hice”. Entre los latinoamericanos se destacan los perfiles biográficos dedicados a María Luisa Bombal y María Carolina Geel, narradoras chilenas que protagonizaron dos de los crímenes pasionales más sonados en la historia de su país. Ambas mujeres, cegadas por los celos, dispararon a sus amantes (sólo sobrevivió la víctima de Bombal). Curiosamente sus crímenes fueron perpetrados en el mismo sitio –el Hotel Crillón, de Santiago de Chile– aunque no estuvieron relacionados. Bombal quedó absuelta al argumentarse que había actuado “privada de la razón y el control de sus acciones”. Geel cumplió una condena de tres años y escribió en prisión un libro que la haría famosa: Cárcel de mujeres (1956).

Otro autor que tuvo graves problemas con la ley, y que Ovejero incluye en su libro, fue el gran narrador colombiano Álvaro Mutis, quien en su juventud fue acusado de malversar fondos de la Standard Oil de Colombia, empresa para la que trabajaba como jefe de relaciones públicas. Como en una aventura digna de Magroll, el gran personaje literario creado por Mutis, éste huyó a México y tres años más tarde la justicia colombiana solicitó su extradición. De su permanencia en una cárcel preventiva del D.F. nacería su famoso Diario de Lecumberri (1960). Finalmente la causa de Mutis se desestimó y hoy en día su delito es recordado como un “mero pecadillo”, un “adorno de la biografía de un artista extraordinario”, Premio Cervantes de literatura 2011.

Pero de todas las semblanzas incluidas en el libro de Ovejero la más asombrosa será la dedicada a Juliet Holmes, quien siendo una adolescente soñadora –y despiadada– ayudó a matar con un ladrillo a la madre de su amante, una joven aspirante a escritora como ella. Resulta difícil creer que Holmes, años después, alcanzaría la gloria literaria escribiendo novelas de detectives bajo el seudónimo de Anne Perry. Al igual que Cervantes, Holmes “engendró” muchos de los argumentos de sus historias en la cárcel. Lo que nos lleva a exclamar, sobre todo en lo que respecta al autor del Quijote: ¡Benditas condenas!

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