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"Emanaciones", Juan Abreu: atreverse a ser uno mismo.

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En julio pasado Harper’s Magazine publicó una carta firmada por algunos de los intelectuales más importantes del mundo anglosajón. Se trataba de un alegato a favor del libre intercambio de ideas, el debate abierto y la tolerancia, amenazados en los últimos tiempos por la llamada cultura de la cancelación. Poco después, representantes del ámbito de la cultura, la academia y el periodismo español suscribían un texto en apoyo al manifiesto. La lista de los firmantes, publicada en orden alfabético, estaba encabezada por Juan Abreu, escritor cubano radicado en Barcelona. Curiosamente, si algún escritor merecía encabezar la lista por derecho propio, ese era Abreu. Para comprobarlo solo tienen que asomarse a las páginas de Emanaciones: 2008-2011 (Hypermedia, 2019), recopilación de las entradas del blog del mismo nombre que el autor publica desde el 2008.

La visión liberadora del sexo y el arte; el rechazo a cualquier forma de nacionalismo, sobre todo el separatismo vasco y catalán; los ataques demoledores a la dictadura castrista y la celebración de una existencia errante y cosmopolita –Abreu se declara “terrícola” antes que “cubano”–, son los temas principales de este diario escrito desde la incorrección política y la provocación, desde la rabia y la más cruda honestidad. El autor entremezcla esas obsesiones con la crónica de sus viajes por el mundo; la relación de sus rutinas domésticas y fisiológicas, no menos apasionantes para él; comentarios de libros y reflexiones sobre la naturaleza y evolución de su escritura. Abreu es un pintor que escribe o un escritor que pinta y esa dualidad influye directamente su estilo.

En las primeras entradas, correspondientes al 2008, el texto adquiere una cualidad plástica donde el espacio barcelonés se convierte en un lienzo deslumbrante: “Rosa, morado, grandes piedras en el cielo sobre la Plaza Cataluña […] A media mañana temblequean las claridades. Lo que gotea del olivo es aluminio”. Después el autor se decanta por un estilo más monocorde, aunque tal vez sea en esas entradas donde la influencia de su pintura se hace más evidente. Pienso en la serie 1959, conjunto de retratos que Abreu dedicara a los fusilados por el castrismo. Como los rostros en esos cuadros, que te sondean desde la angustia de sus miradas, algunas entradas de Emanaciones provocan una reacción semejante en el lector: te leen, te interrogan y te sacuden con una pregunta incómoda: ¿Y tú qué hiciste para evitar el horror?

De esa visión desolada surge uno de sus caballos de batalla: el rechazo al nacionalismo cubano y el que amenaza con la desintegración del Estado español. Desde el uso de un léxico que tiene mucho de impostura (en la páginas de Abreu pululan los alcaudones, herrerillos y estorninos) hasta la irreverencia antirreligiosa (acusa a la Caridad del Cobre de ser agente de la Seguridad, “teniendo en cuenta su actuación en los últimos cincuenta años”), el autor se revela contra el canon programático de la literatura cubana y su sistema metafórico: la bandera es “el trapo nacional”, la palma “es el árbol más feo del mundo”, Cuba es la “isla pavorosa” y “pavoroso” es el mar que la rodea, los músicos y los escritores de la UNEAC. Pero para Abreu la isla hace mucho tiempo que dejó de ser un país y ahora su mayor desvelo consiste en proteger a España de las “diecisiete tribus” que se ven a sí mismas como continentes, planetas y galaxias. “El nacionalismo es racismo en estado larvario”, afirma. “Luego sale la mariposa y siempre es nazi”.

Por la cantidad de temas que caben en un diario, Emanaciones contiene el germen de muchos libros. Pienso en las entradas que relatan los viajes por Francia, Japón, África y la India, especialmente las dedicadas a este último país, donde el humor corrosivo de Abreu se regodea estableciendo conexiones paródicas entre el exotismo indio y la realidad cubana. El Karni Mata o Templo de las Ratas le recuerda a los escritores de la UNEAC y se imagina que los roedores son reencarnaciones de autores ya fallecidos: “Santocielo que mala suerte la de estos pobres indios. Con lo grande que es el mundo y esas ratas cubanas escritoras vienen a reencarnar aquí”. En medio del campo se encuentra con una palma –“La maldad terruñera persigue sin descanso al paria”– y en la militarizada frontera con Pakistán evoca sus años en el Servicio Militar: “Yo, con mis grilletes verde olivo en los negros cañaverales, esclavizado en nombre de la Patria y el trapo nacional”.

Después de seis décadas de “tengo vamos a ver” y “eras que paren corazones”, para muchos lectores cubanos la lectura de Emanaciones equivaldrá a una de esa curas de desintoxicación que los americanos llaman cold turkey. Heredero de la rebeldía de Reinaldo Arenas, su gran amigo, Abreu es para Cuba lo que su admirado Bernhard fue para Austria, Juan Goytisolo para España, lo que Fernando Vallejo es para Colombia y Castellanos Moya para El Salvador: una voz implacable, despiadada, pero imprescindible por su talante crítico. Dueño de una prosa impecable, exenta de lugares comunes y sofisticaciones gratuitas, con estas Emanaciones Abreu alcanza lo que considera el estado óptimo del escritor: su bestialización. “¿A quién se debe?”, se pregunta. “¿Qué le importa lo que nadie piense?”. El libro tiene como exergo una cita de Paul Léautaud: “¡Cuánto tiempo antes de atreverse a ser uno mismo!”. Para Abreu la espera valió la pena.

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