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“El callejón de Cervantes”, de la envidia y otros demonios literarios.

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El surgimiento de la figura del autor -asociado al nacimiento de la imprenta (1450) y al antropocentrismo del Renacimiento- inauguró una nueva etapa en la historia de la literatura donde la tradición oral y la autoría colectiva, típicamente medievales, terminarían diluyéndose en un individualismo cada vez mayor. Esa tendencia se manifestaría en el tópico renacentista de la “fama” y en obras como El cortesano (1528), de Castiglione, donde se recomienda a los nobles cultivar las bellas letras como forma de ascenso en el mundo jerarquizado de la cortes. Pero en la medida que el escritor adquiría relevancia social, la envidia y el celo artístico, como esas pestes que diezmaban a las poblaciones europeas de la época, comenzaron a infestar el alma de los hombres de letras. En El callejón de Cervantes (Alfaguara, 2011), el escritor colombiano Jaime Manrique nos ofrece la versión novelada de la rivalidad literaria que en los siglos XVI y XVII sostuvieran Miguel de Cervantes y Alonso Fernández de Avellaneda, seudónimo del autor del llamado Quijote apócrifo (1614), cuya identidad, atribuida a muchos autores famosos, continúa siendo un enigma hasta nuestros días.

La novela de Manrique sigue el modelo de las ficciones historiográficas que aspiran a llenar los vacíos de ese rompecabezas llamado historia. Es por ello que el autor opta por contarnos su relato desde una perspectiva doble -la de Cervantes y la de Avellaneda- y recurre a una estructura de capítulos alternos donde ambos escritores, devenidos en personaje literarios, cuentan en primera persona la historia -sus versiones- del hecho que los enfrentaría a través de los años. Una rivalidad que en la vida real se hizo notoria cuando en 1614 apareció publicado el Quijote de Avellaneda, nueve años después que Cervantes publicara la primera parte del suyo. En el prólogo a su novela, con la que Avellaneda aspiraba a opacar la creciente fama de “El manco de Lepanto”, el intrigante autor no escatimó vituperios contra su adversario, llegando a burlarse de su condición de lisiado, de su vejez y de su mal humor. Cervantes, por su parte, en contraste con la furibunda envidia de Avellaneda, se escudó en un calculado desprecio hacia éste: “Puesto que los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos”, escribió el autor de las Novelas Ejemplares, “el mío ha de padecer excepción a esta regla”.

El callejón de Cervantes se inicia con un episodio extraído de la biografía del genial escritor: su fuga hacia Italia en 1569 después que el rey Felipe II emitiera una orden de captura en su contra por intento de asesinato. Cuentan los biógrafos que fue un duelo de honor lo que motivó su acción, la cual arrojaría a Cervantes a un mundo de aventuras que prefigurarían las de su “ingenioso hidalgo”. En la versión novelada de Manrique este hecho es relatado por Cervantes mientras huye disfrazado de mujer junto a los actores de la compañía de Maese Pedro, trasunto del titiritero del mismo nombre que aparece en Don Quijote. Un entrañable amigo -Luis Lara- le ha prestado sesenta escudos de oro con los que el joven Miguel piensa financiar su viaje hasta Roma y ofrecerle sus servicios como secretario al cardenal Acquaviva. Lara es compañero suyo en la escuela preparatoria de la Universidad de Alcalá de Henares y comparte con Cervantes el sueño de que un día sean nombrados poetas de la Corte. Lo que no sospecha Cervantes -los lectores lo descubrimos a partir del segundo capítulo- es que Lara es un lobo disfrazado de oveja; que el duelo en que se vio implicado Cervantes fue parte de un plan macabro orquestado por éste para eliminarlo; que su falso amigo no sólo envidia su talento, sino que también desprecia, como cristiano viejo que es, su origen semita. De más está decir que este mismo Lara, cuatro décadas después, adoptará el nombre de Avellaneda para escribir el Quijote apócrifo, libro que para muchos críticos -sobre todo los hagiógrafos de Cervantes- ha pasado a la posteridad como un monumento a la envidia, la mediocridad y el desquicio.

El resto de los episodios relatados por Cervantes -su participación en la batalla de Lepanto y el cautiverio infrahumano en Argel, víctima de corsarios berberiscos; el regreso a la patria y su retiro a Esquivias, pueblo de La Mancha donde conoció a su mujer Catalina y escribió gran parte de su obra maestra- convierten a este libro en una formidable novela de aprendizaje que se apoya en el motivo del viaje como metáfora de la vida creativa. En contraste con su rival, Lara lleva una existencia sedentaria en Madrid, desde donde sigue, a través de un informante, las andanzas de Cervantes por medio mundo. Un día, como corolario a su infortunio, descubre lo que siempre ha sospechado: su esposa Mercedes y Cervantes son amantes.

Como el Salieri de Peter Shaffer -todos recordamos la actuación de F. Murray Abraham en Amadeus- Manrique ha creado un Avellaneda que es la encarnación humana de la envidia y las bajas pasiones. A diferencia de otras novelas históricas, que en su afán por recrear el pasado se tornan demasiado densas, El callejón de Cervantes apuesta por la amenidad a la vez que convierte en ficción aspectos teóricos tan discutidos como “la angustia de las influencias” (Harold Bloom), la figura del doble y el plagio. O sea, los demonios literarios de siempre.

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