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Disparos, desierto y un tren: el escritor que inventó la Yuma

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Su nombre completo era Elmore John Leonard, Jr. y comenzó escribiendo novelitas de vaqueros. Pertenecía a esa estirpe de escritores norteamericanos para quienes la literatura es solo una forma de subsistencia y nada más. En sus páginas, sobre todo en las de su primera etapa, jamás encontraremos complejas construcciones verbales o profundas disquisiciones filosóficas. Lo suyo eran las frases rápidas como las balas que disparaban los protagonistas de sus historias; frases desnudas como las praderas donde esos personajes –asaltantes de bancos, salteadores de caminos– huían de la ley. La suya era ficción para lectores impacientes.

Una mañana de los años 1950 se sentó a escribir un cuento que tendría un destino un tanto extraño. El relato va más o menos así: un peligroso criminal es atrapado y debe ser conducido a la estación de trenes más cercana. El encargado de escoltarlo es un granjero arruinado que, por el pago de un puñado de dólares, está dispuesto a cumplir la misión. Son los tiempos del Wild West y los secuaces del criminal intentarán rescatarlo a como dé lugar. El momento clave: las tres y diez de la tarde, hora en que el bandido deberá subir al tren que lo llevará a enfrentar la justicia. Pero llegado ese instante ocurrirá algo inesperado: el reo rechaza la ayuda de sus amigos y le salva la vida al granjero. Al final, bajo una lluvia redentora, ambos hombres suben al tren y parten hacia el destino señalado.

La historia se titulaba Three-Ten to Yuma (Tres y diez a Yuma), y fue publicada por entregas en Dime Western Magazine, una conocida serie pulp de los años 1950. En 1957 fue adaptada al cine por Delmer Daves, director de importantes Westerns como Flecha rota y El árbol del ahorcado. En la cinta, uno de los tesoros históricos del Registro Nacional de Cine de Estados Unidos, Van Heflin encarnaba al noble ranchero y Glenn Ford al bandolero redimido. La banda sonora incluía una hermosa balada de George Duning interpretada por Frankie Laine. Muchos recordarán el último plano de la película: el tren alejándose por la inmensa pradera del suroeste norteamericano y la voz de Laine, vaporosa como el humo de la locomotora, interpretando por última vez la canción: “Cuando tomas el tren de las tres y diez a Yuma, puedes ver a los fantasmas de los bandidos cabalgando a tu lado en el cielo”.

Poco tiempo después la película sería estrenada en Cuba y continuaría exhibiéndose periódicamente durante las primeras décadas del castrismo, cuando las opciones en las salas de cine eran, en su mayoría, películas del campo socialista o viejas e inofensivas cintas norteamericanas. En algún momento los espectadores cubanos comenzaron a identificar a la Yuma del título con Estados Unidos, una caprichosa sinécdoque –algo así como si “los yumas” llamaran Jatibonico a Cuba– que hoy en día es reconocida hasta por los propios norteamericanos. Cabría preguntarse el porqué de la fascinación cubana con esa palabra que en la lengua amerindia de la tribu Quechan, oriunda de California y Arizona, significa “hijo del jefe”: ¿Fueron acaso las posibilidades simbólicas que los desesperados cubanos descubrieron en la trama de la cinta –el tren como trasunto de las balsas; las praderas de Arizona como metáfora terrestre del Estrecho de la Florida–, o fue la cancioncita interpretada por Laine –deliciosamente ridícula, casi épica–, convertida en un imposible canto de sirena anticomunista?

Durante la década de los 1970 Leonard comenzó a escribir novelas policíacas, aunque no abandonó del todo el género del Oeste. Curiosamente, en esa nueva etapa publicó una novela titulada Cuba Libre, ambientada en la isla durante la guerra hispano-cubano-norteamericana de 1898. Otras novelas suyas –LaBrava, Perros callejeros– transcurren en el sur de la Florida y tienen entre sus principales personajes a varios inmigrantes cubanos. Pero contra todo pronóstico, el gran aporte de Leonard a la cultura popular cubana, a su léxico, es esa palabra que guarda un innegable parecido fonético con el nombre de la isla. En nuestra lengua, muchos topónimos han trascendido por su carga simbólica, por su poder figurativo –la Mancha de Cervantes y sus indomables molinos; la Comala de Rulfo como alegoría del purgatorio; el Macondo de García Márquez como encarnación del absurdo latinoamericano–, pero en el ámbito cubano nunca antes un lugar salido de la ficción, o popularizado por esta, se había arraigado tanto en el imaginario político y cultural del pueblo.

Sin proponérselo, sin sospecharlo –y con la ayuda decisiva de Hollywood, claro está–, Elmore Leonard nos legó un nombre y el relato de un viaje que los cubanos reescribieron en clave de humor. Por esa palabrita nos hemos jugado la vida y hemos ido a prisión; la hemos pronunciado con alegría y con temor, a gritos y entre susurros. La Yuma representa todo lo que hemos sido y vivido en estos últimos 56 años: la esperanza de una vida mejor, la confirmación del disparate castrista y la evidencia de nuestra incapacidad histórica para construir un proyecto de nación.

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