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Contrapunteo cubano del béisbol y el fútbol

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Hubo un tiempo en que la naturaleza americana selvas de Vichada, pampa argentina, llanos de Apure– era la gran protagonista de la narrativa que se escribía al sur del río Bravo. La sola mención de esos territorios, donde la “civilización” y la “barbarie” libraban su batalla continental, nos lleva a evocar los títulos de tres novelas que en la actualidad son consideradas alegorías fundacionales de sus respectivas naciones: La Vorágine (Colombia); Don Segundo Sombra (Argentina) y Doña Bárbara (Venezuela).

Por esa época también se escribieron muchos de los llamados “ensayos de interpretación nacional”, que en algunos casos se inspiraban en el recurso natural más importante de un país para elaborar toda una teoría cultural de la nación y su gente. Por ejemplo, en su Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940), el antropólogo Fernando Ortiz explicó que los rasgos más definitorios de la identidad cubana tenían su origen en los contrastes socioculturales derivados de los modos de producción del tabaco y el azúcar. Las particularidades biológicas y la procedencia de esos dos productos —autóctono el primero; importado el segundo— establecerían para este autor las bases de la condición transcultural cubana. Con la aparición de los Estudios Culturales –Roland Barthes y sus Mitologías– el deporte se convirtió en una fuente inagotable de metáforas que describirían por igual el ámbito nacional y la sociedad globalizada. Peloteros (1997), una larga crónica del novelista puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá, resultaba emblemática de esto. En su libro el autor relataba los días que pasó en el “dugout” del “dream team” del béisbol boricua durante la Serie del Caribe del año 1995. Sin pretensiones sociológicas, a través de las semblanzas de los integrantes del equipo (los Senadores de San Juan), Rodríguez Juliá lograba construir un formidable microcosmos de la sociedad puertorriqueña, de su identidad y su compleja relación con Estados Unidos.

No se necesita ser un Barthes, un Fernando Ortiz o un Rodríguez Juliá para comprender la dimensión simbólica que el deporte de las bolas y los strikes ha llegado a alcanzar dentro de la actual coyuntura sociopolítica cubana. El partido del pasado año entre el equipo cubano y los Tampa Bay Rays, con Obama y Raúl Castro de espectadores; la constante especulación en torno a un inminente acuerdo entre Cuba y las Grandes Ligas –tan exagerada que pareciera que el futuro político de la isla depende de ese hecho–; los juicios a los agentes de peloteros acusados de tráfico humano y la increíble historia de José Abreu engullendo la primera página de un pasaporte falso en pleno vuelo procedente de Haití, son ejemplos de ese simbolismo.

Lo cierto es que al hablar de alegorías beisboleras en el caso cubano podríamos irnos a “extra innings”: hay historias tristes, como la del malogrado José Fernández; trágicas, como el homicidio-suicidio protagonizado por el pícher pinareño Serguey Linares; aleccionadoras, como la del carismático y díscolo Yasiel Puig, y exitosas, como las de los hermanos Hernández –Liván y el Duque– ejemplos de tesón y profesionalismo en el competitivo mundo de las Grandes Ligas. Rodríguez Juliá vio en los perfiles psicológicos de Orlando “Peruchín” Cepeda y Roberto Clemente dos vertientes de un ser nacional escindido: Clemente, el héroe indiscutible de un Puerto Rico que jamás regresará; Peruchín, quien fuera sentenciado por narcotráfico, “un hombre de nuestro incierto y conflictivo porvenir”. Tal vez nuestro Clemente pudo haber sido Fernández –para muchos todavía lo es–, aunque las lamentables revelaciones surgidas después de su muerte lo alejan de ese arquetipo.

Pero el aspecto más significativo del béisbol cubano tiene que ver con otro deporte, el fútbol, que le está disputando la popularidad al primero entre las nuevas generaciones de la isla. “¿Cuánto ha cambiado del alma cubana para haber llegado a este punto?”, se preguntaba recientemente Jorge Ebro, comentarista deportivo de este diario, con la angustia de un patriota que observa con impotencia el ultraje a un símbolo nacional. Sin embargo, aunque no dejo de compartir el pesar de Ebro –crecí jugando pelota en las calles de Cuba y he escrito una novela protagonizada por un pícher–, en esa inesperada afición cubana por el fútbol no dejo de percibir varios elementos positivos: primero, la constatación de que los ciudadanos de la isla han comenzado a formar parte de esa sociedad globalizada que comparte hábitos y gustos similares, sin que esto signifique que deben renunciar a las particularidades de su identidad; segundo, la evidencia de que la identidad es algo fluido, mutable, como también lo pueden ser las posturas políticas y las diferentes formas de ver el mundo.

Soy de los que no cambia un juego de los Marlins por uno del Barça, pero reconozco que después de 58 años de “béisbol revolucionario”, lo que Castro llamaba “el triunfo de la pelota libre sobre la pelota esclava”, los goles de Messi y Ronaldo le devuelven a la afición deportiva cubana una experiencia despolitizada, totalmente espontánea y libre de mensajes chovinistas (me pregunto si la derrota de Cuba frente a Israel, en el recién terminado Clásico Mundial, habrá sido descrita en la isla como la primera derrota del “béisbol revolucionario” frente al “sionista”). Cada época, cada circunstancia sociopolítica, genera sus propios códigos. A veces nos corresponde descifrar su significado en la sinuosa trayectoria de una curva o en el milagro de un gol pateado en último segundo de un partido.

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