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“Contra el viento del norte”, el irresistible encanto del amor virtual.

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El correo electrónico es tal vez el medio de comunicación interpersonal más eficaz que jamás haya existido. Sin embargo, basta que al escribir una dirección de e-mail pongamos una letra de más para que nuestro mensaje termine extraviado en el buzón de un desconocido. Este error cibernético, no exento de peligros, lo cometen a diario miles de personas en el mundo. Algunos terminan con “la identidad robada”; otros, los menos, terminan encontrando el amor. Esto último será lo que le ocurra Emmi Rothner, la protagonista de Contra el viento del Norte (Alfaguara, 2010), la exitosa novela del escritor alemán Daniel Glattauer, traducida a más de 28 idiomas y finalista al prestigioso German Book Prize.

Concebida como una variación electrónica de la novela epistolar clásica, la historia de Glattauer es contada a través de los e-mails que Emmi intercambia con Leo, el azaroso destinatario del correo con la señora Rothner pensaba cancelar su suscripción a Like, una popular revista para mujeres. La dirección electrónica de Leo y la de la revista diferirán en una sola letra: la “e” del apellido del primero, “leike”. “Es la tercera persona que me pide que le dé de baja de la suscripción”, le escribirá Leo a Emmi en su primer correo, agregando, con la ironía que seducirá a su interlocutora virtual: “La revista debe haberse vuelto francamente mala”. A partir de entonces se desarrollará entre ambos un diálogo inteligente, lúdico y coqueto que le servirá de pretexto al autor para reflexionar sobre el verdadero tema de la novela: las nuevas normas de sociabilidad en la red y los límites y ventajas del lenguaje escrito a la hora de expresar nuestras emociones.

Poco a poco, sin darse cuenta, Emmi y Leo se convertirán en “cibernovios”, y aunque muy pronto descubren que viven en la misma ciudad, ambos renunciarán a cualquier tipo de encuentro que ocurra más allá de las fronteras del ciberespacio. También renuncian a revelar sus edades y aspecto físico, pues presienten, como ocurre casi siempre en estos casos, que se llevarán una gran decepción. Martin Heidegger, el filósofo alemán, afirmaba en su Carta sobre el humanismo que “el lenguaje es la casa del ser”, y esta pareja de tortolitos virtuales se aferrará a la palabra escrita con la pasión inaugural y primigenia que entraña a todo acto poético: “A partir de los textos que me escribes me formo mi propia imagen de ti”, le confesará Leo a Emmi en uno de sus correos. En otras ocasiones sus e-mails adoptarán la forma de una caricia: “Escribir es como besar, pero sin labios. Escribir es besar con la mente. Podría escribir mil veces Emmi. Escribir Emmi es besar a Emmi”.

Sin embargo, a medida que avanza su romance virtual a la pareja se le hará más pesada su incorporeidad. El deseo comenzará a rebelarse contra la fría tecnología y la curiosidad por saber cómo es el otro irá convirtiendo a sus correos en un agotador juego de adivinanzas. Así, leyendo entre líneas, entre palabras y hasta entre letras, los amantes lograrán descifrar algunos datos sobre sus vidas: Leo es profesor universitario y su novia en el “mundo real”, Marlene, lo acaba de dejar por un piloto; Emmi calza el 37 de zapato, tiene un gato llamado Wurlitzer y se dedica a diseñar páginas web. Por momentos pareciera que la necesidad de verse, de tocarse, de hacerse tangibles, fuera a precipitarlos a ese encuentro que podría acabar de una vez con el “excitante misterio” en que han convertido a su relación. Emmi se siente especialmente vulnerable las noches en que el viento del norte sopla fuerte contra la ventana de su cuarto y a ella le cuesta trabajo conciliar el sueño. Entonces le escribe a Leo, con mayúsculas, unos desesperados correos que parecen a la vez una orden y una súplica: “ME GUSTARíA OíR TU VOZ AHORA MISMO”.

La lectura de Contra el viento del norte nos hará sentir por momentos como intrusos, como hackers que hemos invadido la correspondencia electrónica entre dos novios que, aunque sólo cuentan con sus teclados para amarse, no dejan de intrigarnos a cada instante. ¿Se producirá el temido y deseado encuentro en Emmi y Leo? ¿Qué secretos se ocultan tras las luminosas pantallas de sus ordenadores? Escribir una novela epistolar a base de e-mails es todo un reto, sobre todo si los interlocutores reúnen unas características tan particulares como las aquí descritas. Glattauer cumple su cometido y nos regala una historia de amor contemporánea en la que muchos lectores se verán reflejados. Reivindicar el valor de la escritura epistolar, aunque sólo sea en su variante electrónica, constituye su gran virtud.

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